elisa strada

Jan 04

L’ STRADA CINÉTICA
Por Fabiana Barreda


El joven Benjamin creía en la posibilidad de un conocimiento metafísico del mundo objetivo -experiencia filosófica absoluta de la verdad como revelación-insistía en que había algo objetivamente perceptible en la historia. Creía que el significado encerrado en los objetos (dioramas, fotografías, arquitectura, carteles, pasajes, afiches, juguetes…) incluía de manera decisiva su historia.

Esta actitud cognitiva casi “mágica” frente al material histórico siguió siendo fundamental para la comprensión del materialismo. Benjamín actuaba como si el mundo fuera lenguaje, y la ciudad texto.

Ella recordaría ese primer encuentro del destino, sucedió en Italia. Asja Lacis entraba a una tienda a comprar almendras y no sabía una sola palabra de italiano, Benjamín en ese instante hizo de traductor, luego se le acercó en la plaza y ofreció llevar sus paquetes, “La he estado observando durante semanas, usted no camina sino vuela sobre la piazza”, susurró él tímidamente.


“Dialéctica de la Mirada, Walter Benjamín y el proyecto de los pasajes”
, Texto de Susan Buck Morss

Es a través del devenir en la ciudad que Elisa rescribe su nombre, l´strada, la calle es el escenario donde los sucesos biográficos se unen a la historia colectiva. Un viaje, un encuentro, el azar cambia nuestras vidas y la verdad se revela como el amor flotando sobre una plaza. Desde esta mágica perspectiva se funda en estas imágenes una metafísica de lo transitorio. La historia comienza con los recorridos nocturnos de una joven volviendo a su hogar, como una extensión de su cuerpo su cámara fotografica va capturando “imágenes-sensación” ellas cartografian un camino, un diseño posible de psico-geografía que como mirada situacionista delínea en el trayecto de la ciudad una forma estética urbana.

Junto a este dibujo otro, un afiche, sobre él, la escritura efímera de un acontecimiento: “Pasajes en un pasaje”, un código borgiano de infinito configura la ciudad como aleph. Y cerca del infinito una extraña pared de volantes, papelitos de información perecedera, cuyo destino es abandonarse al viento sin dirección hasta precipitarse sobre la calle. Estas impresiones pasajeras son rescatadas de su fatalidad, para luego ser eternizadas en un breve museo de lo precario.

La ciudad como nomadismo se va geometrizando en deambulaciones, direcciones multiplicadas y trayectorias estalladas. Estos gestos señalan una familia común de artistas - flaneur: Guy Debord, Francis Alys, Gabriel Orozco, Jorge Macchi, Juan Carlos Romero, el proyecto Kurimanzutto, Borges, Cortazar, Martinez Estrada, Auster, la Maga, y Ariadna en su laberinto, toda una familia de mapas románticos. Y como en los dibujos deconstructivos de Libeskind y las reverberaciones cinéticas de los futuristas, el espacio construye pliegues de lógica caótica. La percepción es ahora un mapa emotivo, un trayecto humano transformado en movimiento que genera resonancia espacial, un eco sonoro electrónico, un territorio digital expandido que acelera el tiempo y multiplica el espacio logrando que las dimensiones se abran a un realidad paralela. En ese territorio mágico nuestros flujos de energía relampaguean y allí Strada logra: que los rastros de nuestra sombra retornen del futuro, que descubramos el trayecto del vestido de una enamorada por las vibraciones de su volado o que podamos encontrarnos venticinco millones de veces con ese instante de azar que nos regaló el destino, aquella posibilidad de cruzarnos en la ciudad con esa persona perfecta, soñada, ese error de calculo, que transformó irreversiblemente nuestras vidas.