TUTIFRUTTI
S.B, 11 de diciembre de 2008
Ciao Elisa
Hace no menos de diez días que las imágenes de tu muestra dan vueltas una y otra vez en mi cabeza. No se quedan quietas. Paso de decir en mi memoria porque la expresión no me convence. Utilizando términos de informática, te diría que circulan por mi memoria ram mucho más (y mucho antes) que en mi banco de almacenamiento. Quiero decir: en ellas está siempre la memoria, pero en otro modo.
¿Podría ser de otra forma cuando tus obras conocen más de movimiento que de metáforas? Siempre me atrajo su fina inestabilidad, su morfología oscilante. Aunque ésta no sea (ni de lejos) su cualidad más intensa.
Así prosiguen: rotan, chocan, se desubican, dispersan y reinstalan. A veces me parecen fijas de manera ilusoria.
Ya. “Efímero” (aquello que no puede durar) es un concepto engañoso, aunque nos refiramos a la fragilidad de toda percepción. En principio porque tus imágenes no participan de eso, ya que de hecho perduran con una precisión envidiable. Lo efímero (incluso en épocas como en la que vivimos, en la que estamos enfermos de registro ¡todo está absolutamente registrado!) es por definición inasible. Tan justo ahí, algo importante de la acción se pierde, se vuelve irrecuperable. Ya sabemos, la captura de lo efímero no es más que otra ficción de las formas.
Prefiero intentar definirlas por su condición de fugacidad. En todas adivino la agitación de la fuga, pero de esa especie peculiar de escape que se arremolina invariablemente en un espacio. Digo: fugarse para volver más profunda la percepción de un lugar, para “ahondarlo” en su vértigo. Las palabras, es inevitable, resultan más lentas que nuestros ojos.
Espacios y materias en fuga: esa sensación comenzó en aquella muestra que compartiste en Duplus con Peloche y Salamanco, en aquellos despliegues de exhaustiva horizontalidad. Panorámicas vertiginosas, mezcla de pentagramas urbanos con paisajes de signos. Y la reencuentro hoy, fugas y fugacidades al modo de un minucioso inventario de detalles siempre en tránsito. Un afectuoso catálogo de aquello que salvamos del naufragio -o la bendición- del olvido. Un rescate que vibra como un pez fuera del agua (vértigo en otro medio). ¿Cómo cronicar la fugacidad? Como sugirió en un precioso texto María Gainza, nadie entendió como vos a Buenos Aires si nos referimos al incesante espectáculo de sus fugacidades.
Escribo estas líneas lejos de la ciudad. Apartado del vértigo. ¿Con cuántos estilos nos atraviesa la velocidad? La percepción del arte clásico se edificó en la constante pretensión de eternizar. Hasta bien avanzada la modernidad, el arte en todas sus expresiones se construyó en tanto máquina para volver eterno. Incluso los impresionistas (los primeros avanzados de la fugacidad) buscaban eternizar el instante perceptivo. Digo eternizado, también inalterable.
Exactamente al revés de lo que hicieron los artistas concretos, redescubrís las geometrías de la cotidianeidad. Es evidente: no existe mundo por fuera del diseño. Todo está diseñado (concentrado, estabilizado) y ahora tengo la impresión de que tus morforemixes (perdón por el neologismo) también ecualizan nuestra afectividad. Me paro frente a un kiosco y veo una industria en ebullición.
Por eso me encanta que hayas conectado con la Rodesia en su estado de textura, esto es pura materia de manipulación. Un globo es un píxel que a su vez resume lo físico y lo fugaz: el más eficaz memento mori para nuestros días (la metáfora la propongo yo, me hago cargo). Los carteles inmobiliarios convertidos en tablero de centrifugación gráfica. La forma (herencias de Gombrowicz, una vez más) no ya como ruina sino como índice de ese combate, de un equilibrio progresivamente más imposible. Al fin de cuentas, nuestro presente pero también cualquier otro, no se sostiene en ningún otro componente. Recomposición ininterrumpida.
Incluso en este sitio desmantelado, tus imágenes (en mi cabeza) me internan en un “Estado Strada” (involuntario jeux de mots): percepción de esa continuidad de formas que ya no parecen tener ni interior ni exterior, sólo una vibración que nos mantiene felizmente alertas.
Suerte en la inauguración
Besos Rafael Cippolini
LA HORA DE LA CONFESIÓN
Exhibir el paisaje interior, los recuerdos de cada artista con sus pasiones y sus miedos, es el punto en común de tres muestras muy distintas montadas en el Cceba y en Daniel Abate
Por Daniel Molina
Para LA NACION - Buenos Aires, 2009
La autobiografía es uno de los géneros peor comprendidos porque a las almas bellas no les gusta escuchar a alguien hablando de sí mismo (menos todavía cuando lo hace de manera laudatoria). Pero lo cierto es que mientras que los elogios que hacemos de los otros suenan falsos, son profundamente sinceros los méritos que nos encontramos a nosotros mismos. Hasta las personas menos dotadas tienen algo interesante para decir en beneficio propio. Y esto es aún más cierto en el caso de los artistas. Tres muestras actuales -muy diferentes entre sí- son el mejor testimonio de que exhibir la memoria personal es uno de los aspectos más encantadores del arte: se trata de la instalación de Raúl Escari titulada Autobiografía I, II, III, IV, V, VI ; de la colectiva Bosque (curada por Eva Grinstein, y de la que participan Max Gómez Canle, Matías Duville, Máximo Pedraza y Ariel Cusnir) y Tutifruti , la individual de Elisa Strada.
La autobiografía de Elisa Strada se escabulle entre las grietas de su mapa technicolor de la ciudad futura. Tanto sus obras abstractas como sus carteles cargados de sentido tienen una segunda (y una tercera y una cuarta) lectura. Desde hace años, la obra de Strada es una invitación a la fiesta. No hay llanto sino canto en sus instalaciones con globos. Burbujeante y pop, su relato no cuenta nada, sino que traza coordenadas inestables que cartografían el hormigueo fugaz de nuestra época.
Vida íntima y cultura pública, intimidad y existencia social son para Strada dos polos indiscernibles de nuestra existencia actual. Somos lo que mostramos. La piel es nuestra profundidad. No hay nada más allá de nuestra desnudez. Ese juego no es inocente, aunque provoque alegría. Hablar de la época es la forma más perversa de hablar de uno mismo. Strada nos cuenta su vida sin que nos demos cuenta: brindamos por nosotros mientras cantamos por ella.
muestra strada strada en el Museo rosa galisteo de Rodriguez en santa fe / fines del 09
“Acaso tendríamos derecho a decir: todo niño que juega se comporta como un poeta, pues se crea un mundo propio o, más exactamente, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le agrada”. El creador literario y el fantaseo, Freud, 1908, pág. 127.
Esta cita de Freud es un claro ejemplo de cómo pareciera que se construye la obra de Elisa y Marcelo Strada, santafesinos, de una familia tradicional de la ciudad. Su padre, el Dr. Marcelo Strada, y su madre, Elisa Vila, han dado vida y criado a estos hermanos, entre otros, en los que podemos reconocer un grafismo, una “caligrafía” similar, singular, única, una “caligrafía”, un trazo, y sobre todo una pulsación explosiva, una descarga contenida que nos permite acercarnos a su intimidad. Se mudaron a la ciudad de Buenos Aires tratando de hallar un significado que el mundo nos les dio, que los vincula siendo parte de una misma cosa, ¿podríamos decir que son la forma y la contra-forma de un estado mental familiar?
“Cuando dibujo me convierto en otra persona, me permito jugar, manchar …“ dice Marcelo Strada, mientras juega intensamente entre las cosas de lo real y su mundo irreal, dice, sin la voluntad de transmitir ningún mensaje mas allá de lo visual, de lo morfológico, su “caligrafía” es brutal, impresionante, espontánea, el trazo aparece descaradamente, al igual que el color, buscando sin querer la destrucción de la dualidad, rellenando las diferencias de lo igual para así construir un mundo intensamente narrado, donde hay personajes, escenas, palabras, que nos pierde en laberintos oscuros de fuertes colores, relatando algo que pareciese que sabe de otro tiempo, Marcelo expulsa fotogramas mentales intensos, permitiéndonos acercarnos a su ser, que aunque no sea su intención descubrirse, se deja ver inocentemente, obsesionado por llenar un vacío que retumba de tal manera en su interior que nos hace vibrar.
Elisa Strada ha construido un entramado con toda su obra, lo cual implica, muchas veces, develar distintas historias para construir una nueva. Entrecruzando, entrelazando, enlazando las “seudo identidades” del afuera, rastros de recorridos de esa gran ciudad que muta día a día con entidad propia, crece, avanza descontroladamente. Strada toma con precisión alquimista, mapas urbanos, carteles de alquiler, de ofertas, volantes, vidrieras, fotos, gráfica de golosinas, papel picado, globos, formas geométricas: cuadrados, triángulos, líneas, entre líneas , puntos, recorridos de curvas, caramelos, palabras, helados, alegría, color, para así diseñar un paisaje que logra ser feliz. El encuentro con su obra hace sentir la fuerza del primer pulso de vida, la energía de poder hacer un gran salto y dispararse en el aire para caer seguros en un colchón de colores y de alegría.
Aparece en su obra la necesidad de enfatizar los bordes y los contornos, algunas veces con gruesas líneas contenedoras, esta vez con miles de circulitos de papel, destellos flúo y formas. Todos estos elementos que ella logra vincular forman un sostén, una especie de red donde lo mas externo suele ser donde más se condensan los colores, las tramas, las figuras, como de delimitando el cuerpo, una piel o cubierta protectora que va formando un lugar, dando paso a un interior, descubriendo un especie de “casi vacío” que a veces se ubica en el centro como si fuera un nido, a veces se mueve hacia un costado, un vacío que contiene y ubica. Nos hace un lugar, uno puede encontrar un espacio donde reposar feliz, y dejarse envolver por estos mágicos trazos psíquicos, que nos sostienen en el aire como flotando en esta envoltura, haciendo posible asir de alguna forma a Strada en su grado más íntimo, más cuidadosamente encubierto.
Todo esta serie, al igual que muchas otras, está inscripta dentro de cajas o pantallas que forman la contención de este artefacto creativo de Strada, que atraviesa el tiempo y el espacio para jugar a velar, para develar lo velado, agregando en la mayoría de los casos una nueva capa que faceta en pixeles un relato virtual, digital, con movimiento, profundidad, que propone sin resistencia un momento lùdico atrapante.
Recorrer la muestra Strada Strada es como una invitación a una fiesta, a una implosión densa, profunda, que destaca su alegría. Sólo resta sumergirse, bucear en lo profundo de esta macro construcción mental, donde se anudan el afuera y el adentro en una intimidad filial conmovedora.
Rocío paladini
PLAY TIME 09 Paseo Saint Germain de Press / instalación de mi obra en sonia rikyel / Paris
MISTERIOSA BUENOS AIRES Por María Gainza
Para Le Corbusier, una ciudad construida sobre la idea de la velocidad era una ciudad construida para el éxito. Casi un siglo después, ciudades de ese tipo no existen. Calles hinchadas como esponjas por la multitud, controles de seguridad desvencijados, microcentros abandonados a la buena de Dios, semáforos desincronizados, estacionamientos repletos, nudo sobre nudo de tránsito, bamboleantes colectivos de paradas bruscas y las cosas cada vez más engorrosamente lentas. ¿No es acaso la vitalidad de las ciudades, la excitación que ellas producen, una ilusión? ¿Es la euforia que ellas provocan realmente distinta de la que sentimos al entrar a la sala de los dinosaurios en el Museo de Ciencias Naturales? Obsesionada por reformular la experiencia diaria en una ciudad, Elisa Strada sale a la calle para intentar atrapar algo de esa aparente velocidad de las cosas.
Primero fueron unas imágenes cinéticas construidas en computadora, delicadas abstracciones que marean como una calesita, más tarde comenzaron a surgir los fantasmas de una ciudad mental: aprisionados en cajas de luz, los esqueletos de edificios flamean desvelados. Hasta que Strada reconoció que esas mismas huellas espectrales que estaba creando artificialmente también podían encontrarse dispersas por el palier de su casa. La realidad superaba la ficción. Ahí tomó la cámara y, como una suerte de cazafantasmas, registró lo que su ojo hasta ese entonces no había alcanzado a ver.
De su cabeza a la puerta de su casa y de ahí a la gran ciudad. Strada comenzó a viajar en colectivo durante la noche y, con la carita asomando por el cuadrado rígido de la ventana, ametralló con su cámara digital a la ciudad dormida: a las persianas bajas, cerradas como los párpados de un robot, a los kioscos que como puestos de flores chorrean revistas de colores sobre la vereda, a las sendas peatonales resecas, de rayas presas por el asfalto como cebras tras las rejas. Con esa actitud casi pornográfica que tiene la fotografía de apropiación, de violación de la superficie, Strada acumuló ráfagas de la ciudad, correntadas eléctricas que más tarde intervino en la computadora. Y las imágenes, que finalmente terminaron adoptando un formato panorámico similar al recorrido de un ojo que escanea la góndola de un supermercado, se volvieron extrañas, con objetos tridimensionales que revientan de golpe y luces que sacan chispas como la navaja de acero sobre la piedra del afilador. Lo que logró Strada fueron imágenes sobre la experiencia de la ciudad más que sobre la ciudad en sí.
De día, para completar el trabajo, Strada documentó obsesivamente toda la información que inundaba las calles. Carteles, afiches, publicidades, que luego fueron volcados con marcadores fosforescentes en flashes de liquidación y en una pared de volantes que se sacuden como volados de una pollera. En la acumulación, en el abarrotamiento, los anuncios no resisten la lectura y se vuelven tramas ópticas de polución visual. Strada, que también trabaja como diseñadora, siente que es en esa anti-publicidad de mensajes ilegibles donde comienza a sugerirse la voracidad de la ciudad: la avidez de un bicho que traga sin masticar.En cierta forma, cada viaje por la ciudad nos modifica. De cada uno salimos aun más confundidos y magullados de lo que entramos. Es un poco ese estado de desorientación lo que la artista recrea mediante estructuras no lineales que se expanden en fotos, afiches y volantes, y que le permiten explorar una suerte de dimensión blanda del tiempo, un lugar donde éste puede ser empujado hacia atrás, revertido, acelerado, para reformular así la experiencia del city-tour ya no como un storyboard publicitario sino como una pantalla estallada.
Durante el verano de 1997, Stan Brakhage compró una cámara Bolex y decidió filmar el arroyo que corría cerca de su casa en Colorado. No filmó, sin embargo, la superficie del agua sino que sumergió la cámara varios centímetros para registrar los movimientos subterráneos. La imagen de esas burbujas es sugestiva, como pocas cosas, de lo que sucede por debajo de la experiencia diaria. Algo de eso consigue Strada con su basurero visual, como si su trabajo pudiera atrapar corrientes de información clandestinas y algo de aquel lugar donde las imágenes van cuando mueren.
“Miramos el presente a través de un espejo retrovisor”, decía Marshall McLuhan argumentando que los cambios radicales en la percepción de la experiencia contemporánea pasan en gran parte desapercibidos porque permanecemos atados al sabor del pasado. Insistía: sólo podemos reconocer la persistente imagen residual de un mundo desaparecido. Lo que vemos, y Strada lo sabe, es eventualmente sólo lo que llevamos dentro.
ARTE CONTEMPORANEO ARGENTINO
Por Rodrigo Alonso
La voracidad del universo digital y la vorágine de la vida urbana son el sustrato de la obra de Elisa Strada. Como en la ciudad y el espacio virtual, todo aqui es superposición, fragmentación, simultaneidad, acumulación, velocidad, repetición, explosión visual, residuo. Las imágenes son consaguineas, solo existen en el contexto de otras imágenes. Lo visual constituye un ecosistema, con sus niveles de asimilación, polución y reciclaje. Coherentemente la artista recurre a los mismos medios de producción industrial que alimentan este régimen para la construcción de su obra: las chapas, los ploteados, las impresiones digitales. En ocasiones utiliza directamente los productos ubano, otras veces los manipula pero sin traspasar el límite del reconocimiento. Así, Strada opera mediante un extrañamiento de la cotidianidad pero sin eliminar por completo sus referencias, de esta forma, implica al espectador en las tareas de detectar y repensar el mundo visual con el que convive a diario. El exceso y la saturación traducen la médula de este mundo sobrecargado de información, manifestando un caos que por momentos, es al mismo tiempo poético, estético y lúdico.
Urbanidades en el CCBorges
Elisa Strada trabaja con los signos y objetos de nuestras ciudades. Hace referencia a esos millones de signos que, en función de las redes de circulación o de comunicación transforman nuestro medioambiente en campos de formas abstractas abigarradas y coloreadas que lo deshacen: un universo donde lo lúdico raya lo impersonal de la señalética. Y allí donde experimentamos los mandatos anónimos de un mundo unidimensional, a menudo la señalética urbana deviene la forma abstracta de lo concreto en nuestras vidas. Es aquella que organiza los movimientos y las detenciones de la gente. Es mediante la esquematización y la capacidad de abstraer lo real, las formas, los colores y los signos a la vez muy estereotipados y simplificadosal límite de lo geométrico que podemos hacerlos funcionarcomo una señalética inmediatamente inteligible. Elisa Strada retoma por su cuenta este procedimiento y sus signos. Pero por los cambios de escala, por el juego del color y de los materiales empleados, aumenta deliberadamente la ambivalencia de significado. Realizadas con globos inflables, sus instalaciones murales se plantan entre indicaciones de circulación y decorados de fiesta. Del mismo modo sus composiciones murales integran elementos tomados de la letrística publicitaria, del grafismo y de los objetos y grafittiss urbanos. Son reagenciados en conjunto que estan en el borde de la figuración y la abstracción. La artista juega sobre la alteración de las palabras y de los objetos por medio del trazo y el color. Retoma asi de un modo original las experiencias surgidas de las vanguardias artísticas del siglo XX, como la abstracción geométrica, el arte cinético o el pop art. Pero la artista se mueve también con la sutileza e iconoclasia del saber hacer y de las prácticas surgidas de los géneros “menores” del tipo de las artes decorativas, el diseño gráfico y las técnicas publicitarias.
Philippe Cyroulnik

